“La felicidad laboral, potencia la productividad beneficiando la calidad e impactando la satisfacción del cliente”.

Ya hace algunas décadas los consultores especializados en temas organizacionales empezamos a insistir en la necesidad de cambiar los roles de los encargados en la dirección del personal, logrando pasar de una jefatura de control al estilo policial, a una gestión más humana: de jefe de personal a director de gestión humana y/o director de talento humano; de “Patrón jefe”, a líder del proceso, entendiendo que las personas responden a estímulos que los motivan o desmotivan.

Desde lo psicológico está suficientemente demostrado que el hostigamiento y la presión hace que la gente haga lo que se le ordene, pero no necesariamente de la mejor manera, e inclusive, quien hace algo sin motivación, no estará dispuesto a hacer más de lo que se debe, y menos a agregar valor, de tipo creativo o de cualquier otra índole.

El trabajo bajo el sistema de presión y hostigamiento, entendiendo este como un control exhaustivo y hasta desconsiderado, permite que la gente cumpla y haga aquello por lo que se le paga, sin que se generen relaciones fuertes que creen el compromiso necesario para aportar de la mejor manera, para decidir, crear y empoderarse eficientemente, eliminando cualquier posibilidad de que el empleado se sienta identificado y satisfecho con la empresa a la que pertenece: Su “trabajo” es para él, un mal necesario.

Ante las condiciones actuales del mercado cada vez más exigentes, las que obligan desarrollar una capacidad de adaptación inmediata a los cambios sorpresivos es necesario que la innovación, la creatividad y la misma agilidad sean asuntos inherentes a las personas que conforman el equipo empresarial, pues se convierte en un asunto de supervivencia por decirlo de menara más enfática.

Es por esto que la empresa necesita que las personas no solo pongan al servicio de la organización su capacidad de trabajo, es importante la disposición, la actitud, la voluntad y en general todo aquello que contribuya a que los empleados se sientan parte vital de la empresa, y no elementos del engranaje, lo que se logra cuando hay suficiente motivación, además de sentido de pertenencia.

De nada sirve la inteligencia, la capacidad, la aptitud y el mismo conocimiento si no hay motivación y voluntad, si no hay disposición y deseo, lo que anteriormente no era importante, hoy es fundamental para que las empresas sean productivas, y esto se logra solo cuando la empresa enfoca sus esfuerzos en crear un clima laboral sano y una cultura madura en la que los colaboradores, además de buenos y capaces, sean personas sanas y felices

Para lograr esto no es suficiente un salario justo, procesos sueltos e importantes de entrenamiento, formación y re-inducción, y menos evaluaciones policiales y disciplina agresiva, se necesita entender que el “recurso” más importante de la empresa, si así aún podemos llamarle, son las personas, por encima de la tecnología, de la capacidad financiera, de las relaciones del gerente o de los directores, y de otros asuntos.

Para nada sirve contar con el carro más veloz del mundo, si no tenemos el piloto que además de saber manejarlo, quiera hacerlo, lo disfrute y se sienta feliz en la competencia.

La empresa moderna debe tener la capacidad de crear cultura de compromiso, la que se logra cuando se genera un clima laboral sano, amable, cordial, abierto, asertivo y en general, cuando el grupo de trabajo se siente bien con la firma a la que pertenece, por lo que ella le da, y eso es sentido de pertenencia, algo que se alcanza no con capacitación, sino con programas internos que permitan que el empleado se enamore de su organización, la misma que debe considerarlo persona humana.

Por esta razón la selección o reclutamiento para cargos de dirección y mando, obliga a su vez que se tenga en cuenta no solo el conocimiento, sino la capacidad de gestión social y humana que tienen los aspirantes, pues la dirección de procesos, implica dirigir personas de la mejor manera, creándoles un ambiente y condiciones favorables para que su desempeño más que efectivo, más satisfactorio y produzca el menor agotamiento y desgaste humano.

En otras palabras, la empresa logra ser productiva y competitiva, reduciendo gastos y agregando valor, si logra crear u ambiente de “felicidad”, aclarando que la felicidad laboral nada tiene que ver con la permisibilidad, la tolerancia y menos con el desorden.

La felicidad empresarial es consecuencia de un ambiente amable, justo, equitativo, dignificante, agradable, sincero, respetuoso, cordial, cálido y en general un ambiente que logre erradicar el temor y el miedo a expresar, a reclamar, a decir, a hablar y/o manifestar lo que piensan y sienten los empleados; e igualmente un ambiente donde hay reconocimiento de logros, así como planes de acción sobre oportunidades de mejora.

La empresa feliz tiene claro que los objetivos de la empresa, tanto en su asunto financiero, productivo y comercial, son tan importantes como en mantener un grupo de personas sanas emocional y socialmente.

La empresa feliz hace su mejor esfuerzo en desarrollar planes de trabajo que fortalezcan este objetivo emocional en el grupo de sus empleados, impactando inclusive su asunto familiar y social.

Orientar esfuerzos empresariales para construir en cada firma empresarial una organización que se pueda calificar como “empresa feliz”, es hoy en día una inversión tan importante como aquella que se hace en busca de mejorar tecnológicamente, y posiblemente hasta más, e inclusive, invertir en la humanización empresarial, impacta de mayor forma en el resultado que con inversiones en tecnología, infraestructura o haciendo cambios de estructura u organizacionales.